Los molosos de Roma

Los perros en Roma siempre han realizado funciones de guarda y protección en las viviendas romanas, siendo normal que existieran mosaicos señalando cave canem («cuidado con el perro»), para advertir de la ferocidad del animal que protegía las casas, habiendo llegado hasta nosotros gracias a la excelente conservación de las ruinas de la ciudad de Pompeya, Italia.

Plutarco también recogió en sus Obras Morales y de Costumbres (Moralia). Sobre la fortuna de los romanos. Tomo V, un relato histórico ocurrido como consecuencia de la batalla de Alida (387 a. C.) cuando las legiones romanas, comandadas por Quinto Sulpicio, fueron derrotadas por las tropas galas del general Breno y el posterior saqueo de Roma. Ante la invasión de la ciudad, los romanos se refugiaron en la colina capitolina, y aunque los galos intentaron repetidas veces conquistarla, no lo consiguieron y comenzó el asedio. Hasta que en una ocasión los galos descubrieron un acceso a la colina a través del acantilado, ya que anteriormente había sido utilizado por los romanos para comunicarse con el exterior, y aprovechando la oscuridad de la noche los galos escalaron el acantilado, no siendo descubiertos ni por los perros ni por los centinelas, sino por los gansos sagrados que allí se criaban para el templo de la diosa Juno. La reseña histórica es la siguiente:

Al día siguiente, un bárbaro hacía una ronda rutinaria por el lugar cuando vio en una parte huellas de deslizamiento y de pies que caminaron sobre sus puntas, y vio, en otra, chafada y tronchada la hierba que crecía en la parte terrosa del acantilado además de marcas y presiones en transversal de un cuerpo. Esto se lo dijo a los otros. Ellos pensaron que el camino les había sido señalado por los enemigos e intentaron rivalizar con ellos. Aguardaron a que fuera noche cerrada y subieron, pasando desapercibidos no solo a los centinelas, sino también a los perros guardianes que vigilaban fuera de la guarnición, pues habían sido vencidos por el sueño.

Pero la Fortuna de Roma no careció de una voz capaz de comunicar y señalar un mal tan grande. Se criaban gansos sagrados en el recinto del templo de Juno y estaban al servicio de la diosa. Este animal es por naturaleza fácilmente perturbable y muy asustadizo ante cualquier ruido y entonces los gansos estaban descuidados por las continuas dificultades de los de dentro; su sueño era ligero e incómodo por el hambre y, por ello, se dieron cuenta de los enemigos en cuanto coronaron el acantilado. Comenzaron a chillar y se les lanzaron impetuosamente. A la vista de las armas se alborotaron aún más y llenaron el lugar de un áspero clamor disonante. Gracias a él los romanos se levantaron y comprendiendo lo que ocurría rechazaron a los enemigos y los despeñaron por el precipicio. En recuerdo de aquellos acontecimientos se lleva aún hoy en procesión un pe- rro empalado en una estaca y un ganso sentado con toda solemnidad en una lujosa litera portátil.

El escritor romano Eliano el Táctico, en el capítulo «Perros sagrados custodios del templo de Ádrano» (cap. 20, Libro XI), nos detalla el episodio de unos perros guardianes de un templo que cumplen la función de guarda, distinguiendo visitantes y ladrones. El relato es el siguiente: En Sicilia está la ciudad de Ádrano, como dice Ninfodoro, y en ella el templo de Ádrano. Hay unos perros sagrados que son servidores y ministros del dios, los cuales superan en hermosura y en tamaño a los perros molosos, y hay por lo menos mil. Estos animales durante el día saludan y acarician a los que penetran en el templo, sean extranjeros o nativos; pero, durante la noche, conducen, a manera de guías y conductores, con mucha amabilidad, a los que ya están borrachos y van dando tumbos por el camino llevando a cada uno hasta su propia casa, mientras que infligen su correspondiente castigo a los borrachos que se extralimitan, porque saltan sobre ellos y les desgarran los vestidos, escarmentándolos hasta tal punto; pero a aquellos que intentan robar los despedazan con toda ferocidad.

Los ejércitos romanos, al principio, no utilizan el perro en sus formaciones de combate, y a partir de las experiencias de tener que enfrentase a otros ejércitos en su continua expansión, decidieron la introducción de este elemento auxiliar para la lucha una vez comprobada su eficacia.

Consta que Cayo Julio César (100-44 a. C.), durante sus campañas en la guerra de las Ga- lias (58-49 a. C.), con las que conquistó la llamada Galia Comata o Melenuda (por la longitud del pelo de sus habitantes y que corresponde actualmente a los territorios de Francia, Holanda, Suiza y partes de Bélgica y Alemania), y también durante las dos invasiones de Germania y la invasión de las Islas Británicas, utilizó a los perros molosos como elementos auxiliares de sus acciones militares, aunque este uso ya estaba afianzado desde el último tercio de la República.
El escritor romano Eliano el Táctico, en su Historia de los animales, describe la tipología de esa raza de perros diciendo «El más vehemente de los perros es el moloso, porque también los hombres de Molosia son de espíritu fogoso» (cap. 2, Libro III).

Por otra parte, Polieno, en sus obras de estrategia militar, Suda y Strategemata, se refiere a estos perros molosos como «perros soldados».
Los perros, durante el Impero romano, se van integrando en las diferentes tácticas militares y se les asigna misiones de custodia de plazas fuertes y de prisioneros, funciones de ataque en el frente y enlace mediante la ingestión de los mensajes como se ha relatado anteriormente.

El escritor latino, científico, naturalista y militar romano Gayo Plinio el Viejo (23-79), que desarrolla su carrera militar en Germania, consideró, siempre como elementos auxiliares para la guerra, a los perros molosos como valientes y muy leales, destacando que no huían nunca del enemigo y exigían honores por sus hazañas.

Este mismo escritor también recogió la contribución de 200 perros en el ejército del rey de los garamantes, pueblo adversario de Roma que controlaba las únicas rutas comerciales que comunicaban las costas de Libia con el África subsahariana; en la lucha por su restauración en el trono, ya que en el año 21 a. C., el procónsul de África, Cornelio Balbo, llevó a cabo una profunda penetración en el territorio sahariano con el objetivo de someter a las molestas tribus nómadas sujetas a este rey garamante, llegando a tomar la ciudad de Cidamus y la capital del enemigo, Garama.

Por último, el historiador romano Flavio Vegecio del siglo IV, en su obra De re militari, recomienda que en las torres de las fortalezas se tengan perros por su fino olfato para avisar de la presencia del enemigo.

Los molosos de Roma


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